Acsibi, las misteriosas cuevas ocultas de Seclantás - Destino Norte
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Acsibi. Impresionantes cuevas en Seclantás, Salta
Experiencias

Acsibi, las misteriosas cuevas ocultas de Seclantás

Imaginen que todas las mañanas despiertan y deciden caminar hasta el fondo de su casa y que de pronto transitan un paisaje al estilo de Talampaya o del Cañón Colorado. Que hay cóndores usando de balcones los peñascos y que más adelante encuentran formas geológicas como chocolate en barra, pero de color rojo oxidado.

Imaginen que patinan como niños sobre un arroyo congelado y que finalmente atraviesan un sendero de arena, de rodillas, por entre las piedras, para llegar a un valle de cuevas, donde se filtra la luz y convierte a ese espacio en una escenografía de película.

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Travesía. 5 kilómetros a pie para llegar

Ese lugar existe y se llama Acsibi. Y esa persona que despierta todas las mañanas en su casa y llega hasta allí existe y se llama Fido Abán: el señor de las cuevas.

Fido y su familia tienen una finca a pocos kilómetros de Seclantás, un pueblito enclavado en los Valles Calchaquíes, cerca de Cachi. Hay una casa grande, más nueva; una casona vieja, por partes casi en ruina; y un casco de estancia que funciona como hospedaje para los que van a ir hasta las cuevas.

Con un sombrero desgastado, como de cowboy, que le cae sobre los ojos y le oculta la calvicie, Fido no parece el patrón de la estancia. Apenas un guía de montaña.

“Yo nací ahí, en esa casita”, dice señalando las ruinas de una pared de adobe. “Todos los días me iba corriendo por la huella del río hasta la escuela. Mis compañeros de entonces son los artesanos calchaquíes de hoy, que trabajan los telares. La diferencia es que yo pude irme a estudiar a Salta, después”.

Fido es uno de los ocho hermanos varones de la familia dueña de la tierra. Y hay una única hermana: Gloria, una médica que se jubiló –fue intendenta y legisladora, además– y que lo ayuda con la estancia, llamada “Finca Montenieva”.

Ese nombre es una invención de Fido, que surge del apellido capitán De Nieva y Trujillo que fue uno de los primeros propietarios de estas tierras luego de la conquista. En algún momento las compró un hombre de apellido Aguirre, que tenía tres hijas.

Hasta Seclantás llegaron entonces tres hermanos Abán, inmigrantes turcos -entre ellos el tatarabuelo de Fido-, y se casaron con las mujeres y heredaron las tierras.

Dice Fido que, de toda la descendencia, el primero en llegar a las cuevas fue él.

El descubrimiento

Como muchas veces, la familia está cazando guanacos en el cañadón. Fido tiene, tal vez, ocho años, y se queda como casi siempre en el campamento, porque no le gusta cazar: prefiere quedarse y explorar el terreno. Por eso, ese día, Fido llega bordeando montañas moldeadas con la mano con formas caprichosas hasta que descubre pasadizos entre la roca y llega a un vallecito de cuevas.

“Yo me quedaba en el campamento y hacía mi propia investigación.

De película. La luz filtrada en las cuevas les da un aspecto increíble
De película. La luz filtrada en las cuevas les da un aspecto increíble

Todos los pircados de piedras que ellos no veían, a mí parecía maravilloso. Ellos veían un montón de piedras y yo ruinas”, recuerda ahora que muestra la estancia de su familia, rodeada por cultivos y por el río, apenas un arroyito en las épocas que no son de lluvia.

Bien temprano se sale en camionetas montaña arriba y se desandan 12 kilómetros de un cañadón seco, imponente, que sube como un tajo hacia las cumbres. La tierra va pasando del gris al rojo, de a poco. Los cóndores vigilan en la mañana y al paso salen burros salvajes. Cuando se termina la huella, los vehículos descansan y comienza un trayecto a pie, de 5 kilómetros.

Ramón acompaña en el trayecto. La familia de su padre es de esta zona, dice, y mira hacia las terrazas naturales que caen en el cañadón. “Vivían con sus animales ahí arriba –dice señalando a las mesadas ubicadas arriba de los murallones–. Cuando les tocó el servicio militar, mi papá bajó y se fue a la ciudad”. Después se quedó por Seclantás. Él nació ahí y ahora trabaja la tierra con otros productores de la zona, como la familia de Fido, y también hace de guía en los viajes numerosos. “Cuando nosotros éramos chicos traíamos a mis amigos para acá y pasábamos la noche”, dice.


Acsibi está a unos 20 kilómetros de Seclantás, un pueblo de los Valles Calchaquíes, en Salta. Se accede por ruta nacional 40, ingresando a la Finca Montenieva.


Caminos prehispánicos

Llegar a Acsibi es viajar en el tiempo. “Miren ahí, ¿ven esas huellas? Por aquí pasaban las carretas de la colonia”, dice Fido. La huella está gastada y atraviesa en forma transversal el cañadón. Esta zona, en un sentido amplio, forma parte del sistema vial incaico –y preincaico– que fue aprovechado por los españoles durante la conquista en la conexión del Río de la Plata con el Perú.

Christian Vitry es investigador de la Universidad Nacional de Salta y del Programa QhapqÑan (Camino del Inca). Según explica, existen distintos caminos prehispánicos que unían el Valle de Lerma (donde está Salta capital) con el Calchaquí. “Hay un camino que llega al Valle Encantado y de allí salen tres ramales. Uno de ellos va en dirección a Seclantás y posiblemente pase cerca de Acsibi”, dice.

Vitry es un gran conocedor de la zona –incluso colaboró con la expedición que encontró a “las momias del Llullaillaco”– y espera investigar la zona pronto. “Es una zona prácticamente inexplorada desde el punto de vista arqueológico. Estuve investigando unos caminos incas cerca de ahí, pero no llegué a explorar la zona de Acsibi”, resalta.

La senda abandona el cañadón del río y se mete en un valle de formas caprichosas. Algunos las comparan con velas derretidas, pero la verdad es que es un valle de lo que la imaginación dicte. Es un lugar de fantasía que termina en pasadizo entre piedras gigantes y las esperadas cuevas o parapetos.

En este territorio vivían los pulares, parte de la gran nación calchaquí. Acá, a unos 20 kilómetros, durante la conquista, un grupo originario llamado “Malcachicscos” protagonizaron el sangriento asesinato de Juan Ortiz de Urbina, un encomendero que potenciaba la explotación minera, y otros familiares, durante uno de los varios alzamientos en el valle.

Fido cree que estas cuevas eran usadas como lugares de rituales por esos pueblos originarios, porque acá encontró numerosos fragmentos de cerámicas. Como además es un lugar que suele concentrar los rayos durante las tormentas eléctricas, les puso el nombre de Acsibi: “Se llama así porque es el lugar donde está la luz o está el fuego, en lengua cacán”.

Hay un hueco entre los parapetos que forman la cueva principal. Ofrece un cono de luz que horada en la sombra y le da a las paredes un color algo mágico, como el efecto especial de una película. Después de todo el viaje, en esta escenografía, es inevitable preguntarse cuál sería la experiencia, siglos atrás, para los dueños de estas tierras, bajo el mismo haz de luz.

 

Fuente: http://www.lavoz.com.ar/temas/viaje-las-cuevas-de-acsibi

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