Fuerte Quemado, un pueblo que parece detenido en el tiempo
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Fuerte Quemado: oculto en los pliegues del tiempo

fuerte quemado
Fuerte Quemado. Un pueblo como los de antes

El río Santa María, todo arena, serpentea a lo largo del valle del Yokavil, empecinado en discurrir a contramano de los otros cursos de agua de esta parte del planeta.

Siguiendo su sinuoso andar, la ruta nacional 40 se encarama en la base de los cerros que lo encajonan, alternando caprichosa entre Catamarca y ese corto y grueso brazo de Tucumán que contiene la Ciudad Sagrada de Quilmes y a Colalao del Valle.

Justo unos kilómetros antes de que el camino que sube al norte llegue a territorio tucumano, entre una curva y otra, aparece uno de esos pueblos que, escondidos en las serranías calchaquíes, parecen haber burlado el paso del tiempo.

Fuerte Quemado se muestra, en cada detalle que sale al encuentro del desprevenido viajante, como un

muestario de costumbres y tradiciones que, desdibujadas casi hasta perderse en otras partes, son allí parte de la vida cotidiana.

La ruta es casi la única calle del pueblo. Las demás, transversales, son apenas trazos irregulares linitados por el cerro de un lado y el río del otro.

Las fachadas, casi sin aceras, siguen obedientes el serpenteante trazo con su rostro de adobe, disimulado en algunos casos con un precario revoque de colores que no tardan en mimetizarse con el polvoriento ambiente.

El calvario

A la entrada nomás del pueblo, uno de esos caminos conduce al Calvario.

Se trata de un cerro a cuya cima se asciende por un dificultoso sendero.

A lo largo del mismo, demarcado por piedras encaladas, unas cuidadas casillas blancas marcadas con números romanos representan las estaciones del camino que llevó a Jesús al Gólgota.

La dificultad que supone montar y aún más mantener este monumento, da cuenta de la religiosidad de los habitantes del lugar, algo que también se refleja en la capilla, que es el edificio más imponente de Fuerte Quemado.

El pueblo le debe su nombre a la ubicación cercana de las ruinas de un asentamiento español, que fuera arrasado por los aborígenes en los primeros tiempos de la colonización.

Esta rica historia prehispánica convierte a los alrededores del pueblo en un rico yacimiento arqueológico, algunos de cuyos tesoros fueron recopilados por don Filomeno Pastrana, un histórico vecino del lugar, quien a lo largo de los años convirtió un salón de su casa en un verdadero museo, que en 2014 fue reconocido oficialmente como tal.



De a pie

Fuerte Quemado debe recorrerse a pie. Sólo así se puede percibir la serena magia del lugar.

Aquí, las casas alargan sus fondos con parras, plantaciones de tomates, penachos de maiz entre los que serpentean las plantas de angolas, todo a la sombra de durazneros, higueras, plantas de membrillo y los infaltables algarrobos.

Hoy se trabaja acá ???

Una foto publicada por Victoria Egurza (@vic_egurza) el

Los vecinos se conocen por el nombre o mejor aún, por el apodo. Saben quien puede proveerlos de lo que necesitan y muchas veces funciona el trueque como forma de comercio.

Las casas más visitadas son las que tienen algunas vacas, que proveen al pueblo de leche y a las dulceras de la materia prima para uno de los manjares característicos del pueblo.

La Capia

Dicen en Fuerte Quemado que la capia nació allí. Y cuando se prueban los que salen de las expertas manos de las mujeres del lugar, es como para creerlo.

Se trata de un alfajor hecho con masa de harina de maíz y un dulce de leche casi sólido, dotado de un particular sabor dulce que difícilmente se pueda saborear en otro lado.

Doña Javiera, es una de las expertas del pueblo. Sus dulces de leche, de membrillo, y sus capias, hacen de su casa frente al cerro El Calvario una escala obligada de los viajeros bien informados.

La escuela y su salón de fiestas es el centro de eventos sociales del pueblo.

Los pocos almacenes, los centros de reunión improvisada durante el día, especialmente cuando comienza a caer la tarde.

Y el club Andino suele convocar a los que quieren alargar la tertulia hasta la noche.

Un camping cerca de la iglesia es el único lugar que ofrece un espacio a los viajeros para detenerse por algo más que unas pocas horas.

Eso si, quienes decidan instalar una carpa entre los algarrobos, podrán conocer las ruinas, los restos de asentamientos indígenas y la curiosa Ventanita, la peculiar pirca en forma de arco que corona uno de los cerros circundantes.

O simplemente dejarse llevar por el camino, entre las casas, con el rumor permanente del río como sonido de fondo, apostando a encontrarse con algún pan casero recién salido del horno de barro o a toparse en alguna vuelta con alguna viejita que baja del cerro con su burrito, llevando en las alforjas quesos de cabra o conservas que, por unos pesos, podrán darle a la aventura el inconfundible sabor del valle.

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